Descripción
Cuadro Morante de la Puebla – Lluvia de color y temple
En este cuadro, Morante de la Puebla aparece captado en uno de esos instantes de recogimiento que tanto le definen: de frente, con la montera calada, la mirada perdida en un punto que no vemos y el gesto serio, casi ensimismado. Las manos sujetan el capote con una naturalidad antigua, como si fuera una prolongación de su propia figura, mientras el pecho abierto y la posición del cuerpo conservan la elegancia de un paseíllo que parece no terminar nunca.
El traje de luces, en tonos verde y oro, es una auténtica filigrana de bordados. Las flores, hojas y roleos se enredan sobre la chaquetilla y el taleguilla con un detalle minucioso, y el capote apoyado al frente repite ese juego vegetal en verdes más suaves, casi de jardín secreto, que contrastan con los destellos dorados del bordado. Entre los pliegues aparecen guiños de otros colores —malvas, azules, rojos profundos— que recuerdan la complejidad del propio torero: barroco y a la vez contenido, antiguo y moderno al mismo tiempo.
El fondo estalla en una lluvia de salpicaduras de color: amarillos, azules, morados y toques rojizos que rodean la figura como si fueran ecos de una plaza imaginaria, luces de tarde y murmullos de tendido disueltos en pigmento. Sobre esa explosión controlada, la silueta de Morante se mantiene firme y nítida, convertida en icono, en figura casi mítica. El resultado es un retrato que condensa la personalidad del torero: misterio, arte y un poso de melancolía que solo entienden de verdad quienes han visto torear con alma.


















